
El doctor no titubeó con el diagnóstico, psicosis, y ellos tuvieron que aprender qué quería decir esa palabra,desconocida hasta ese día. -Enrique se ha ido de la realidad, así, de pronto, y el motivo más evidente parece ser, en principio, el abandono de Elena, su mujer-, les terminó informando con delicadeza y firmeza a la vez el especialista.
Allí, sentados frente a él habían escuchado cómo su hijo, un ingeniero industrial brillante e inteligente, se creía un astronauta en órbita, tripulando una nave alrededor de la tierra en el espacio; y lo que era aún más doloroso para ellos: oir que él, Enrique, creía firmemente que allí encontraría a su mujer, entre las estrellas.
Ante las preguntas de los médicos, los padres fueron rescatando en los días siguientes infinidad de hechos: desde recuerdos de la infancia de su hijo, hasta situaciones relacionadas con el matrimonio de éste. Siempre buscando una chispa, una luz que alumbrara el regreso de Enrique a la realidad y lo alejara del estado semivegetal en que lo sumía la medicación. Después de dar y dar vueltas, el padre recordó el viaje que el matrimonio había hecho a Houston y del que volvieron maravillados, sobretodo su hijo que se había recorrido todo lo que la NASA le permitió visitar. Estaba encantado, repetía el padre, fascinado por todo lo visto, ya que desde niño el espacio era su lugar mágico.
De Elena no se sabía nada, ni la familia ni el centro la habían podido localizar; estaba perdida y se había llevado con ella los porqués de su ruptura con Enrique, del que se enamoró siendo adolescente, y de su abandono tras quince años de relación.
Todos opinaban que parecían muy felices: sus conocidos, sus amigos, sus familias... y por eso mismo nadie podía explicarse qué había pasado en el interior de la pareja para que Elena se fuera así, de repente. ¡Menos mal que no tenían hijos!, pensó más de uno.
El tiempo pasaba y Enrique, sujeta su mente por la medicación, lograba una apariencia de normalidad. Habituado ya a los antipsicóticos poseía una cierta libertad dentro del hospital. Había recuperado bajo el tratamiento su aspecto agradable de hombre culto y sensible, en el que los sentimientos estaban atenazados por la química. Parecía casi normal, tanto, que la enfermera de noche, después de desearle un buen descanso, olvidó cerrar la puerta de su habitación con llave.
Enrique se levantó de la cama, salió al pasillo y en un armario de éste se apropió de su equipo. Primero se puso una mascarilla de quirófano, luego un gorro del mismo tipo, guantes, un tubo de respiración asistida asomando desde su boca y una mochila de oxígeno colgada en la espalda extrañamente derecha esa noche. Se ajustó sus gafas, se asomó a la barandilla del último piso, y desde el borde de ésta, de pie, saltó al vacío abriendo los brazos. En su cara había una sonrisa, en su boca un nombre, Elena.
May Garrido Basterrechea
Ante las preguntas de los médicos, los padres fueron rescatando en los días siguientes infinidad de hechos: desde recuerdos de la infancia de su hijo, hasta situaciones relacionadas con el matrimonio de éste. Siempre buscando una chispa, una luz que alumbrara el regreso de Enrique a la realidad y lo alejara del estado semivegetal en que lo sumía la medicación. Después de dar y dar vueltas, el padre recordó el viaje que el matrimonio había hecho a Houston y del que volvieron maravillados, sobretodo su hijo que se había recorrido todo lo que la NASA le permitió visitar. Estaba encantado, repetía el padre, fascinado por todo lo visto, ya que desde niño el espacio era su lugar mágico.
De Elena no se sabía nada, ni la familia ni el centro la habían podido localizar; estaba perdida y se había llevado con ella los porqués de su ruptura con Enrique, del que se enamoró siendo adolescente, y de su abandono tras quince años de relación.
Todos opinaban que parecían muy felices: sus conocidos, sus amigos, sus familias... y por eso mismo nadie podía explicarse qué había pasado en el interior de la pareja para que Elena se fuera así, de repente. ¡Menos mal que no tenían hijos!, pensó más de uno.
El tiempo pasaba y Enrique, sujeta su mente por la medicación, lograba una apariencia de normalidad. Habituado ya a los antipsicóticos poseía una cierta libertad dentro del hospital. Había recuperado bajo el tratamiento su aspecto agradable de hombre culto y sensible, en el que los sentimientos estaban atenazados por la química. Parecía casi normal, tanto, que la enfermera de noche, después de desearle un buen descanso, olvidó cerrar la puerta de su habitación con llave.
Enrique se levantó de la cama, salió al pasillo y en un armario de éste se apropió de su equipo. Primero se puso una mascarilla de quirófano, luego un gorro del mismo tipo, guantes, un tubo de respiración asistida asomando desde su boca y una mochila de oxígeno colgada en la espalda extrañamente derecha esa noche. Se ajustó sus gafas, se asomó a la barandilla del último piso, y desde el borde de ésta, de pie, saltó al vacío abriendo los brazos. En su cara había una sonrisa, en su boca un nombre, Elena.
May Garrido Basterrechea
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